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Economía, Política y Sociedad. Reflexiones desde el inconformismo

Archivos de la categoría ‘Ética’

Enseñar a pensar

Publicado por cesargonzalezcanton en Febrero 29, 2008

César G. Cantón

La influencia de los medios de comunicación en la formación y desarrollo del público júvenil es una cuestión ampliamente debatida y estudiada, desde hace muchos años, en el mundo occidental. Especialmente —aunque no sólo— en el contexto de la relación entre los contenidos pornográficos y violentos que se vuelcan en los medios, y el alarmante aumento de diversas formas de violencia en nuestras sociedades. La sensibilización creciente hacia la violencia de género, recientes actuaciones policiales contra redes de pederastras, ciertos crímenes particularmente truculentos —estoy pensando en los escolares que, hace un par de años, indujeron al suicidio a uno de sus compañeros— sirven cíclicamente en bandeja el debate acerca de los modelos presentados a los jóvenes en los medios de comunicación.

La reiterada intención del Gobierno de poner un poco de orden en la jungla de la “telebasura” es loable, pero quizá lo sea menos la forma en que quiere llevarlo a cabo. A mi modo de ver, el viejo dicho “hecha la ley, hecha la trampa” contiene una profunda verdad: si falta el respeto al público de los profesionales de la comunicación, pierden gran parte de su eficacia las disposiciones legales. No control, sino autocontrol, para tratar al público, parafraseando a Kant, como un fin en sí mismo y no como un medio de consumo.

Esto nos lleva a otra cuestión: se precisa, sí, de un compromiso personal de los profesionales con los valores humanos, pero… ¿cuáles son esos valores? Tan urgente es la necesidad de convencernos de que la mejora de la sociedad sólo puede partir de ese compromiso libremente adquirido, como sacar el debate ético sobre los valores de la burbuja académica e implicar a todos los actores sociales. Quizá un buen comienzo de respuesta sea desde el análisis crítico de las consecuencias indeseadas de algunos valores vigentes, para mejorar su comprensión y vivirlos más adecuadamente. Desde este punto de vista, la tarea de los educadores sería la de formar a los futuros profesionales de la comunicación en el compromiso con los valores: no queremos sólo buenos técnicos, sino personas que quieran hacer mejores a otras personas. En esta labor, se muestra muy conveniente reinventar la cooperación entre todos los actores socializadores, especialmente entre la institución docente y la familia.

Junto a esto, otro aspecto de la tarea crítica —intelectual— de los docentes es la de enseñar y fomentar en los jóvenes el espíritu crítico y el amor a la verdad. La facilidad de acceso, brindada por Internet, a un elevado número de medios de comunicación oficiales y oficiosos, es una estupenda herramienta que el educador debe aprovechar para que los jóvenes aprendan a contrastar la información que les llega por diversos canales. Nunca hasta ahora habíamos tenido a nuestra disposición, de modo tan claro, la posibilidad de una “comprensión informada” (Robert Dahl), que es uno de los pilares de la democracia. Bien entendido que, para alcanzarla, no basta con la mera accesibilidad a los datos. Dice T. S. Elliot en su poema La piedra: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?/¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”. Al educador le queda aún el reto más sustantivo: enseñar a interpretar los datos, a relacionarlos unos con otros y a establecer causalidades, a situarlos en su contexto… haciendo ver a los jóvenes que, para formarse una opinión sólida en cualquier tema, se requieren muchas horas de estudio. Que son también horas de libertad.

La tarea del educador en la sociedad mediática parece ingente, y lo es. Sin embargo, no se nos exige que resolvamos los males de la sociedad, sino que hagamos lo que se espera de nosotros. Que no es poco.

 

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Libertad y distribución de bienes

Publicado por cesargonzalezcanton en Enero 28, 2008

César G. Cantón

Es habitual oir que la libertad que ha de estar presente en una economía de mercado es, como dice Mises, aquella “esfera en la que el agente está en posición de elegir entre modos alternativos de acción”. Dejemos al margen si lo que viene a continuación sería suscrito enteramente por Mises. Nos servimos de su definición para introducir una comprensión de la libertad y su relación con el mercado bastante generalizada: el mercado se encarga de proveer bienes, y cada cual elige aquellos que satisfacen sus preferencias, así como los medios que le parecen más convenientes para alcanzarlos. Se trata de un planteamiento exclusivamente “welfarista”, en el que la libertad es sólo el medio de la distribución de recursos en el mercado. Se entiende entonces que la libertad es, básicamente, libertad de elección. Y que, por tanto, de cuantas más opciones se disponga más libre se es. Por otro lado, la eficiencia óptima del mercado depende de que cada persona tenga lo que desea sin dejar a otra peor de lo que estaba (equilibrio paretiano).

A Amartya Sen, sin embargo, le parece que el equilibrio paretiano no implica, de por sí, que la distribución de recursos sea la más adecuada. Y esto por lo menos en dos sentidos:

- que, por ejemplo, distribuciones de salarios muy injustas pueden cumplir la condición de optimalidad;

- y que el mercado sólo distribuye utilidades, esto es, bienes que las personas desean.

Sin embargo, dice Sen, el deseo puede ser un reflejo muy inadecuado de la utilidad real de lo que se desea. Sen aduce para ello, entre otros, el argumento de “las pequeñas dádivas”: el horizonte de expectativas de las personas muy pobres es tan estrecho que se consideran felices con mucho menos de lo necesario para llevar una vida digna. De modo similar, las personas que viven bajo una tiranía pueden conformarse con cosas diferentes de las que valorarían activamente, o tienen una razón para valorar. En su artículo “Sour Grapes” Elster ha descrito también este fenómeno –por otra parte, de experiencia común- con ayuda de la fábula de la zorra y las uvas, denominándolo adaptative preferences.

Para que se alcanzara una distribución óptima de recursos, dice Sen, habría que abandonar la concepción welfarista del mercado. Éste debería no sólo promocionar bienes, sino también libertades. Para ello la libertad debe verse como algo, no supuesto, sino cuyo ejercicio el mercado puede facilitar o hacer más difícil. Esto pasa por tener una visión más realista de la libertad humana, que es lo que Sen pretende ofrecer con su teoría de las capabilities.

En ella Sen examina la libertad de elección desde los dos aspectos de cualquier decisión: el menú de opciones y el proceso mismo de decidir. En relación con el primero considera que las opciones no son algo abstracto, sino que dependen de nuestras capacidades reales de actuar (opportunity aspect). Respecto al segundo, que no valoramos sólo tener opciones, sino el acto mismo de poder decidir (process aspect).

¿Tenemos la oportunidad de hacer lo que queramos, de satisfacer tal o cual preferencia? Dependerá de nuestras capacidades. Sen aporta su famoso ejemplo de la persona sana y la paralítica: el mercado hace poco al distribuirles la misma cantidad de bienes, porque las utilidades derivadas de ellos están situados en el “espacio” de su capacidad real de consumirlos/usarlos. De igual modo, como muestra el argumento de las “pequeñas dádivas” las preferencias han de ser juzgadas en el espacio de la libertad real: podemos suponer que, en la esclavitud de la pobreza, las preferencias no serán por decirlo así realmente “objetivas”.

Por otro lado, el mercado debe promover que el agente tenga en sus manos los resortes del control. El aspecto procesual señala a que el hecho de sentir que se es libre es importante; esto se pone enormemente de manifiesto, por ejemplo, en personas que han vivido bajo un sistema totalitario.

Las políticas mercantiles tienden a hacerlo bien en relación con el aspecto procesual, sobre todo en cuanto a la inmunidad frente a la interferencia de otros; por ejemplo, en la medida en que la economía de mercado exige un entorno democrático con instituciones sólidas, o en que tiende a la eliminación de los monopolios. Sin embargo, no sucede lo mismo con el aspecto de oportunidad. Posiblemente una razón es que la atención a las capacidades nos introduce en un terreno aparentemente más “subjetivo” y menos adaptable a análisis cuantitativos orientados a la predicción. No obstante, las propuestas de Sen y otros ya están siendo recogidas progresivamente por la ONU en la elaboración de sus índices de desarrollo, desde el primitivo “renta per cápita”, pasando por el “nivel de vida”, hasta el actual “calidad de vida”. Este último hace hincapié en que un sistema económico debe fomentar libertades tales como la de pensamiento y expresión, u otras necesarias para desarrollar el potencial humano de las personas (cfr. www.unpd.org).

Es de esperar que, al ser una visión de la libertad más real, el sacrificio de la capacidad estadística se vea compensado por una mejor comprensión del comportamiento del agente económico, y un encaje sin fricciones con la ética y política.

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