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OY – YO CORRUPTUS: COMO PRACTICA DE COHESÍON LABORAL

Publicado por buscarvmembers en Enero 30, 2008

Diego Muñoz-Cobo 

Don Matute Enjuto, más que apellido un epíteto del yo Matutino, es arrancado de los parajes del sueño por su beligerante despertador a las 7:35 de la mañana. Tras un carcelario desayuno auto preparado, se dirige parsimonioso a un vagón situado a 25 metros del suelo, donde 300 millones de transeúntes desconocidos se pisan, maúllan y se aglomeran como gatos ante el festín de la sardina. Invisible, como casi siempre, se sienta en la mesa de su departamento y enciende su ordenador, mientras una especie de bostezo presenta sin escrúpulos los encantos de su tímida epiglotis.

Entre el tedio, el infortunio, un café y dos tostadas, fluye la conversación con sus compañeros, todos impertérritos, todos etiquetados, todos autorregulados para tomarse su yo profesional muy seriamente; pues eso es lo digno y eso es lo convincente. A las 12:02 entra en la bandeja del Outlook, un mail del jefe del departamento, Marcos Extravagante, convocando a todo el equipo a una especie de conciliábulo engañoso titulado “ el oy- yo corruptus “ en la nueva sala de juntas. Las palabras de Don Enjuto a su colindante colega, Felisa Martirio, son: “Esto me parece muy raro”. Don Matute y Felisa sospechan, Don Enjuto y Martirio se mantienen expectantes.

Impulsados por el resorte de la curiosidad, aunque engalanados con las chorreras  del disfraz del escéptico, marchan ligeros por los pasillos policromados. Nada más llegar a la sala de juntas, Enjuto y Martirio ven que Marcos se encuentra sentado encima de la kilométrica mesa de juntas balanceado sus pies, sostenidos por el desafío ingrávido de un columpio, mientras que en la solapa de su chaqueta, rayada y descorbata, florece una etiqueta que pone “Retrasado Mental”. A medida que van llegando el resto de los miembros, la sala parece un cóctel epiglótico, donde todas las campanillas se presentan unas a otras, profesional y educadamente, ante la apología en es-finge y encartelada de su distraído jefe. Comienza el discurso de Don extravagante: “Señores creo en estos tiempos que corren nos tomamos nuestro yo con excesiva seriedad, y aunque creo que es un manifiesto certero de responsabilidad, creo que en ciertos momentos una buena dosis de rupturismo y desmitificación, pueden mejorar nuestra imagen laboral, como las relaciones intragrupo de cada uno nosotros. Según veo las cosas, propongo que hoy olvidemos nuestros sobreutilizados nombres de Pila para presentar con elocuencia a nuestro insulto favorito. Es mi deseo, por tanto, que durante el día de hoy, nos dirijamos los unos a los otros por el improperio que más se asemeje a la percepción de nuestro yo, sea por la razón que sea: evocación, desprecio, eufonía; con tal de que desmitifique en la medida de lo posible el yo profesional, aunándoles a todos en  esta especie de Némesis absurda. Para ustedes durante el resto de la jornada seré  el señor retrasado Mental, muchas Gracias”. En este punto, Enjuto, Martirio y el resto de improvistas campanillas sufrían ya un terrible estado de alunizaje lisérgico, que les acabaría por transformar en el Señor Soplagaitas, la señora Cernícala, así como otros tantos insultos absurdos.

Con este narrativo y casi tramposo ejemplo, he pretendido ilustrar una idea que subyace bajo mi consciente desde hace tiempo. La seriedad del yo, que es y debe ser un valor constante y en alza en la línea temporal continúa, al ser  dinamitado y desmitificado,  como medida esporádica, bajo un modelo de aceptación personal, puede favorecer la  cohesión social entre los diferentes miembros de un grupo. En principio, esta ruptura psicológica, como herramienta de cohesión sociológica, tendría un mayor impacto, en aquellos entornos donde el yo esta más limitado, más encasillado y adscrito a unos límites prefijados, como pueden ser los límites de la productividad, en el caso de los entornos laborales. Para su funcionamiento e impacto en el grupo objetivo, debería haber una aceptación unánime de cada uno de los miembros como punto de partida, igualándolos en la sub-denominación del yo profesional, de manera que dicha desfiguración subjetiva  permita una conexión grupal en segundo término. Según me indican mis convicciones, así como un es-bozo de alegato en la charca experimentación, esta práctica no debería limitar, ni corromper el orden laboral prefijado, si tiene lugar como política esporádica, con una separación temporal respecto a la repetición suficiente como para haber permitido de nuevo la solidificación del yo profesional. Así mismo, tampoco debería corromper el orden jerárquico y flujo de poder existente, si el miembro que ostenta dicho poder, también  participa y da credibilidad a la citada política desmitificadora. En definitiva, con este artículo solo he pretendido  esbozar de manera inicial ciertas ideas oscuras que pernoctaban en mi caletre durante los últimos tiempos, que serán continuadas en  próximos artículos.

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